Güelfo blanco
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Para mi artículo de hoy, quisiera que fuese leído con el tono de esta muy
admirable entrada de *Compostela*. Y no me refiero al poema de Luis Alberto
de C...
Hace 17 horas
"Iluminad los días de la vida, ya no serán lo que son" (Vizconde de Chateaubriand)
[Paolo Corbera di Salina, tras una ruptura con una amante] Nunca la volví a ver, como tampoco he vuelto a ver un “pullover” de cachemira negro que me había costado un ojo de la cara y que tenía el funesto mérito de servir tanto a hombres como a mujeres. […] Mi sicilianísimo amor propio estaba humillado.
[Conoce a un viejo profesor] El nombre decía mucho aun a mi pobre cultura periodística […] Al día siguiente, en el periódico, hurgué en ese singular archivo que contiene las necrologías que están en “espera” […] Es inútil negarlo: nosotros los italianos, hijos (o padres) de primeras nupcias del Renacimiento, estimamos al Gran Humanista superior a cualquiera otro ser humano. La posibilidad de hallarme en cotidiana proximidad del más alto representante de esta delicada sabiduría, casi necromántica y poco redituable, me halagaba y turbaba a la vez; sentía la misma sensación de un joven estadounidense que fuera presentado al señor Gillette: temor, respeto y una forma particular de no innoble envidia. […] El orgullo, si está bien, es preferible a la falsa modestia.
[Habla el profesor] «Paolo... Eres afortunado por llamarte como el único apóstol que tenía un poco de cultura y una pasada de buenas letras. Girolano habría estado mejor». [Al enterarse de que es un Corbera de Salina] «Bien, bien. Tengo una alta consideración por las viejas familias. Poseen una memoria, minúscula, es verdad, pero en todo caso mayor a las otras».
[Y esa alusión a sus alumnos que] "por un instante son jóvenes"
[Cuenta Paolo] Se obstinó en pagarme el espresso, no sin manifestar su singular rudeza («Ya se sabe, estos muchachos de buena familia no tienen un centavo en la bolsa») […] También continuaba escupiendo. […] Me atreví a preguntarle porqué no se hacía curar ese insistente catarro […] «Pero, querido Corbera, yo no tengo ningún catarro. Tú que observas todo con tanto cuidado debiste notar que no toso nunca antes de escupir. Mis escupitajos no son signos de enfermedad, sino de salud mental: escupo por el disgusto que me provocan las estupideces que voy leyendo; si quieres tomarte el trabajo de examinar ese trasto (y señalaba la escupidera) notarás que contiene muy poca saliva y ningún rastro de flemas. Mis escupitajos son simbólicos y altamente culturales; si no te agradan, vuelve a tus saloncitos nativos donde nadie escupe, sólo porque no se quiere sentir nauseas de nada.»
[Paolo visita su casa] Desde la sala comenzaba el desfile de los libros, de esos libros de aspecto modesto y de encuadernaciones baratas de todas las bibliotecas vivas. […] entre ellos vi el teatro de Tirso de Molina, la Ondina de Lamotte-Fouqué, el drama homónimo de Giraudoux y, con sorpresa, las obras de H. G. Welles; […] tuve la osadía de manifestarle mi sorpresa de verlas ahí. «Tienes razón, Corbera, son un horror. Hay una novelita que si la volviese a leer, me haría escupir durante un mes seguido; y tú, perrito de salón como eres, te escandalizarías».
[Paolo le invita a unos erizos de mar, plato por el que había manifestado una gran nostalgia] Él los degustaba con avidez pero sin alegría, concentrado, casi compungido. No quiso ponerles limón. «¡Ustedes siempre con sus sabores añadidos! El erizo debe saber también a limón, el azúcar también a chocolate, el amor también a paraíso». […] «Eres un buen muchacho, Corbera; si no fueses tan ignorante, se habría podido hacer algo de ti».
[Confiesa el profesor] «A decir verdad, a una mujer, no me he acercado nunca, ni antes ni después de ese año». Estaba seguro que mi rostro se había quedado impasible como el mármol, pero me había equivocado. «Corbera, es muy grosero tu pestañeo: lo que digo es la verdad, verdad y también un orgullo» […] «Tú, Corberita, que probablemente has ganado tu puesto en el periódico gracias a la tarjeta de algún jerarca, no sabes lo que es la preparación de un examen de oposición para una cátedra universitaria de literatura griega. Hay que estudiar durante dos años, hasta el límite de la demencia. La lengua, por fortuna, la conocía bastante bien, casi tan bien como la conozco ahora; no es por presumir... Pero el resto: ¡las variantes alejandrinas y bizantinas de los textos, los fragmentos citados, siempre mal, por los autores latinos, las innumerables conexiones de la literatura con la mitología, la historia, la filosofía, la ciencia! Es, te repito, para volverse loco».
[Y la prodigiosa introducción al prodigio:] "...el sol, la soledad, las noches pasadas bajo el rodar de las estrellas, el silencio, el poco alimento, el estudio de argumentos remotos, mantenían a mi alrededor una suerte de encantamiento que me predisponía al prodigio."
[Aquí va el meollo del cuento, que no voy a resumir 1) para no aguar a nadie el placer de leerlo y 2) porque no se puede. Y acaba con esta frase:] Los libros fueron depositados en el sótano de la Universidad y, como falta fondos para las estanterías, se van pudriendo lentamente.
---[La imagen debe de ser muy vieja, ¡pero yo la veo tan clara...!]
Lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere.
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Sólo aquella que corre gravísimo peligro de pasar inadvertida es una verdadera novedad.
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Ser bueno aparejará, entonces, dejar de parecerse a sí mismo, al menos un poquito cada día.
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”No me quiere; tal vez no es Melibea… ¡Claro que es Melibea! Lo que pasa es que yo no soy Calixto.”
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El que ya tiene un monumento ecuestre tiene muchas más probabilidades de que le hagan otro que el que, en cambio, no tiene todavía ninguno.
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Entre la injusticia de insultar al prójimo y la indignidad de sonreírle hay un discreto término medio: mirar para otro lado.
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Retráete atrás a la noche,
tu patria y cuna,
aunque el alba de antaño
no vuelva nunca.
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En otro tiempo yo creía que “entender” quería decir bastante más de lo que a mí me pasaba cuando en verdad estaba entendiendo igual que los demás […]
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Quien, como yo, carece de humildad esperará siempre en vano que el sentido del ridículo pueda servir de sucedáneo de esa virtud que le falta. Le servirá, a lo sumo, de castigo una y otra vez, pero jamás de correctivo. […] El sentido del ridículo es como una humildad que llega siempre tarde.
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Música, vas demasiado aprisa, demasiado segura, demasiado alegre para que yo te entienda.
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Tan sólo la Justicia pudo enseñarle a la moral esta perversidad: que ser bueno y ser malo son la misma cosa, sólo que del revés.
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(Pintadas.)
¡Tolerante, piel de elefante!
¡Tolerancia plena, encefalograma plano!
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La tolerancia es un pacto perverso en el que cada parte renuncia a la pasión pública de sus razones y las convierte en estólidas e impenetrables convicciones, o sea en verdades encerradas en un ghetto, a cambio de una paz que no es concordia sino claudicante empecinamiento y ensismismada sinrazón. […] Nunca pararse en esa indiferencia o desdén definitivo que es la tolerancia.
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Cuando la acción se ha vuelto inercia y rutina, ya sólo la omisión es resistencia, deliberación y libertad.
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El acto positivo de demostrar algo implica inevitablemente el reconocimiento de derecho de la hipótesis contraria. […] El mero asumir el papel de defensor implica reconocer siquiera la existencia de un fiscal y concederle la palabra.
La blogosfera tiene el tamaño del globo terráqueo. Andaba yo buscando alguna escultura de aquellos desnudos que hicieron famoso a Sir Jacob Epstein, y para las que posó el periodista inglés W. R. Titterton. Mi interés era —aviso— estrictamente profesional. Estoy traduciendo un libro de Titterton, y quería saber cuanto más de él. Casi nunca se traduce a un escritor que se ganó la vida posando para escandalosos escultores modernistas. En esa búsqueda caí en un blog escocés curiosísimo. Se llama y está dedicado exclusivamente a excursiones realizadas en Escocia cuando luce un cielo azul y un sol de justicia (o de misericordia, mejor dicho, tratándose de Escocia). Cuelgan fotos muy bonitas de un extraño paisaje, tan verde como azul, con unos cielos mediterráneos y unos prados cantábricos. En una de esas excursiones habían fotografiado una gran escultura de Jacob Epstein. Por fin pude verla, y estaba bien, aunque sin exagerar. Pero que me quiten lo viajado: ese paseo por una Escocia irreal y cálida me ha gustado mucho. Internet nos permite hacer cosas así. Crear un país septentrional sin frío ni lluvia ni nieve ni niebla ni noches. No es una huida de la realidad, como podría objetar alguno, porque los autores del blog tienen que vivir allí todos los días del año, también los oscuros y lluviosos, que son los más. Luego han de estar dispuestos a emprender corriendo su excursión en cuanto salga un rayo de sol. Ese intento de mostrar sólo lo mejor de uno mismo y de su entorno resulta encomiable. [Encomiable, aunque imposible, más encomiable por eso. También ellos escriben sus entradas al Heart of Darkness, qué remedio.]